La predicción detallada del naufragio de Titanic
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Una noche brumosa de 1897, justo cuando se disponía a dormir, Morgan Robertson recibió la visita de su “musa astral”, como llamaba el escritor neoyorkino a una extraña presencia que en ocasiones le sugería las ideas para sus historias.
Esta vez quedó espantado con las imágenes mentales de un naufragio masivo en alta mar. Un enorme crucero, cargado con miles de pasajeros, se hundía bajo las frías aguas de abril en el Océano Atlántico tras chocar con un iceberg. Comenzaría a escribir aquella misma noche.
Morgan Robertson había nacido en 1861. Cuatro años antes de escribir The Wreck of the Titan o Futility (1898) había abandonado su vida como oficial de la marina mercante norteamericana para dedicarse por completo a la escritura de cuentos, de los que publicó un par de centenares. La relevancia del aludido aquí llegaría después de la muerte del autor, y no precisamente por el valor literario de la obra sino por su aterrador carácter profético.
Parece increíble que con 14 años de antelación a la catástrofe del RMS Titanic, alguien hubiera adelantado con tantos detalles lo acaecido la noche del 14 de abril de 1912 a unos 150 kilómetros al sur de Terranova, en la que perdieron la vida 1,514 pasajeros. Apenas tres años después, enfermo y abrumado por las deudas, moría Morgan Robertsonen su apartamento de Atlantic City.
Además de la semejanza con el nombre del buque, la causa del hundimiento y el mes del suceso, en la historia de Robertson el barco era también insumergible, proeza tecnológica que apoyaba el escritor en los 19 compartimientos estancos que poseía su ficticio crucero; el Titanic contaba con 16 de estas recámaras. En cuanto a la eslora de ambas embarcaciones la diferencia es mínima: 275 m. para el Titan contra los 300 m. del verídico.
En el Titan viajaban 3,000 pasajeros (800 más que en el Titanic, aunque su capacidad era de tres millares) y el número de botes salvavidas era también muy inferior al necesario en caso de naufragio. A fin de cuentas, en ambos casos eraimposible un accidente semejante.
Tres gigantescos motores empujaron las 75,000 toneladas del Titan hacia el desastre, a una velocidad de 25 nudos. Igual número de propulsores permitían que el Titanic se desplazara a 23 nudos cuando sus 66,000 toneladas rozaron sin remedio un hielo a la deriva.
Morgan Robertson no sacó más provecho financiero con The Wreck of the Titan que del resto de sus obras. Apenas le alcanzaban para comer y pagar la renta de su menesterosa habitación. Y aunque el sonado naufragio del Titanic tuvo lugar antes de su muerte, no hay evidencia de que el profético cuento de Robertson fuera noticia por entonces.
Quizá la resonancia trágica del accidente opacó cualquier referencia a una premonición consumada sin previo aviso. Tal vez Morgan Robertson, abrumado de deudas y deambulando en la sala de maniáticos del Bellevue Hospital ya no tuvo claridad para atar los cabos entre el desastre real y su historia de 14 años. De cualquier manera, un siglo después del naufragio del Titanic no deja de producir asombro su anunciado desastre literario.
