Lo sobrenatural invade la ciencia
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¿Podrías imaginar la existencia de un objeto material y tangible que constantemente alterna su estado sólido con la invisibilidad más absoluta? De seguro que lo describirías como sobrenatural. Y con mucha razón, pues de hecho no resultaría muy diferente al extraño espectáculo de un fantasma errante.
Como bien expresa el término, lo sobrenatural es lo que se ubica más allá de la naturaleza. Pero sabiendo que apenas conocemos una fracción del universo, no debería asombrarnos que la mayor parte de la naturaleza está por manifestarse o, lo que es igual, se encuentra más allá de ella misma. Lo sobrenatural, por tanto, es la norma y nos acecha a cada paso.
A tal punto que hasta los más ortodoxos científicos andan de cabeza con los descubrimientos en el área de la Mecánica Cuántica, esa extraña rama de la Física en la que, justo como en el ejemplo inicial pero a escala subatómica, un elemento puede ser partícula y onda electromagnética según desde donde se le observe.
La Física, en su desarrollo a lo largo de los siglos, ha ido enfocándose en distintos aspectos de la realidad. Desde el estudio de los cuerpos celestes visibles hasta la cabeza de Isaac Newton aporreada por una manzana en caída libre, esta ciencia fue capaz de irse explicando por sí misma.
Paralelamente, con el desarrollo tecnológico y el perfeccionamiento del instrumental de laboratorio fueron descubriéndose universos cada vez más inexplicables, tanto en dirección al cosmos como hacia el interior de la manzana. Los gigantescos escenarios estelares y las diminutas partículas atómicas escapaban limpiamente a las leyes de la mecánica clásica.
Surgieron entonces científicos excepcionales como Albert Einstein, Max Born y Niels Bohr. Todo volvería a encauzarse felizmente sobre los firmes raíles de las nuevas formulaciones y teoremas, con excepción de unos diminutos elementos que, de no ser porque están en la base misma de todo lo existente, serían convenientemente despreciados: las partículas subatómicas.
Nada mejor que otra andanada de ciencia para enfrentar la rebelión sobrenatural de aquellos pigmeos irredentos: surgía así la Mecánica Cuántica.
Pero esta vez los científicos terminarían peleándose entre ellos. Por una parte, los deterministas defendiendo la tesis de Einstein según la cual “Dios no juega a los dados con el universo”; por otro lado, los que se declaran a favor del fin de la causalidad y levantan las manos ante el caos más impredecible de todo lo existente (Interpretación de Copenhague).
La crisis irresuelta tomó cariz político. El asunto se tornó feo para los marxistas, que alegaron la inexistencia de instrumentos de observación adecuados. Por su parte, los idealistas ven muy claramente a Dios durante los instantes en que las partículas subatómicas se hacen pura energía.
Mientras tanto, estas prosiguen con su danza transfigurada, yendo y viniendo entre los mundos físico y espectral y burlándose de todos.
Proclamando quizá que los absolutismos han llegado a su fin y que deberíamos estar más alertas a las señales sobrenaturales porque, a fin de cuentas, lo esotérico se encuentra en el fundamento de todo lo que existe.
