Cuando la compasión es el único camino
Amor » Cuando la compasión es el único camino
- 2012-09-25 02:54
De padre anónimo y origen muy humilde, Julia no recordaba un solo beso, un abrazo o algún regalo de cumpleaños por parte de su madre. Solo gritos, llantos y advertencias para que hiciera la limpieza. ¿Será posible que el perdón y la compasión humana puedan transformar la vida de seres tan infelices?
Lazarita moraba en el penúltimo cuarto de un largo callejón en el que vivían varias familias, pero cuando la policía vino a llevársela nadie se asomó a preguntar. Ninguno de sus ex amantes, proxenetas o compinches siquiera miró por una rendija. Con el tráfico de drogas no se juega y Lazarita se había metido en el negocio.
Su única hija, Julia, de catorce años, andaba escondida en casa de una vieja vecina desde hacía un par de días. El cuarto de Lazarita se había convertido en un nido de delincuentes y borrachos que discutían con su madre por dinero. Y ella la andaba buscando para regresarla por los pelos, según decían los vecinos.
Cuando Julia se enteró de que su madre estaba presa sintió alivio. Al menos, no tendría que recibir más regaños ni amenazas durante un buen tiempo. Pero a medida que la vieja vecina le iba contando sobre la infancia de Lazarita, sus sentimientos hacia su madre fueron cambiando.
Lazarita, hija de una ramera de burdel, solo recibió golpes, maltratos y humillaciones desde que abrió los ojos. Había sido prostituida por su madre desde los diez años, quien la llevaba personalmente a casa de muy encumbrados clientes. Cuando intentó escapar de aquel infierno, la niña estuvo encadenada a la pata de una cama durante varios meses, recibiendo tundas brutales con un cinturón de cuero.
Julia averiguó en qué cárcel estaba su madre y le pasó por la mente ir a visitarla para llevarle algunas cosas. Pero los menores de edad no podían entrar solos a prisión y ella no tenía quien la acompañara. No obstante, comenzó a trabajar como sirvienta para ahorrar lo necesario mientras llegaba el momento.
Aquel domingo lluvioso Lazarita leía su Biblia recostada a las rejas de la celda. Sus hermanas de fe le habían aconsejado unos pasajes de Levíticos sobre la reconciliación.
Cuando alguien le gritó que tenía visita, Lazarita pensó que se trataba de un error. En siete años nadie había ido a verla. Pero cuando el oficial de guardia subió en persona para avisarle, se levantó de un salto y bajó al recibidor.
El encuentro fue emocionante para todos los que estaban alrededor. Madre e hija se fundieron en un abrazo de varios minutos, el primero que se daban en la vida. Las lágrimas rodaron entre balbuceos de perdón y declaraciones de amor. Casi no pudieron hablarse, ni siquiera pensar en comer bocado de los alimentos que traía la hija.
Desde entonces Julia no dejó de visitar a su madre hasta que recibió la libertad condicional. Por entonces la chica se había casado y tenía un niño de meses, al que la abuela atendió con mucho esmero y cariño, todo el que nunca recibió de su madre ni supo encontrar para proveer a su hija durante la infancia.
