Como los dioses crearon al hombre [cuento]
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Os he contado alguna vez como se creó el mundo. Acercaos mis niños, a la hoguera, este es uno de los pocos placeres que conservamos los viejos como yo. Acercaos, escuchad mi voz, atended a las palabras, y cread imágenes de ellas, así es como se debe escuchar una historia.
Hace tiempo, los dioses estaban aburridos y abrumados con su inmortalidad. Nada crecía ni se destruía, nada nacía ni se moría, todo era desgarradoramente inmortal. No existía la tierra ni ningún ser vivo, solo un inmenso vacío, e interminables guerras entre dioses, orquestadas con el único fin de divertirse. Pero llegó el tiempo en que ni si quiera las luchas y los combates exaltaban el ánimo de las deidades.
Entonces, un día, el dios LLuma, decidió convocar a los dioses que regían el universo. Cinco era el número de esos dioses: LLuma, el jefe de los dioses; Teria una poderosa pero amable diosa; Aelo, un dios bufón, pero de gran poder y muy temido entre sus iguales; Parcos, el más sangriento de los dioses, un fuerte guerrero que se disputaba el poder con LLuma y cuyo carácter le enemistaba con los demás dioses que le temían por sus arranques de ira; Y finalmente Kawa, el más inofensivo de los dioses, nunca participaba en las guerras. Era un ser débil, sin ninguna habilidad conocida, más que la de mezclar cosas.
Los demás dioses acudían a Kawa y le obligaban a forjar armas terribles. Kawa nunca se negó y tampoco tenía alternativa. Era un dios con aspecto inofensivo. Parecía un niño, pero con apariencia desnutrida y frágil. Reunido el concilio de los cinco dioses, al que Kawa fue invitado en último momento, el dios LLuma tomó la palabra y propuso crear un pequeño lugar poblado con seres con apariencia de dioses pero sin ninguna habilidad, más que la de vivir y morir. El objetivo era crear un nuevo entretenimiento. Todos los dioses estuvieron de acuerdo a excepción de Kawa, quien creía que era algo macabro, y Parcos, quien sentía temor de que aquellos seres atrajeran toda la atención y lo eclipsarán.
Aun así, los demás dioses emplearon sus poderes para crear aquel lugar, al que llamaron Sekai. De esta forma, Teria creó un suelo firme, en el que todo pudiese crecer y las criaturas pudieran caminar. Aelo, proporciono el viento, que mantendría estable a todo ser vivo y les proporcionaría el aliento y la capacidad de hablar.
LLuma aportó la luz para que los seres no anduvieran en la oscuridad y para que sus rayos dieran energía a todo lo que creciera en la tierra. Y finalmente los tres dioses mezclaron sus poderes para crear a los seres humanos, con la ayuda de Kawa, el dios mezclador.
A Parcos se le encomendó la misión de ingeniar la forma de matar a aquellos seres. Pero Parcos hizo más que eso. Hizo que el suelo se desintegrase a medida que era pisado. Hizo que el aire se volviera violento en contacto con el calor. Creó una roca enorme que bloquease la luz durante gran parte del día. Y finalmente, hizo que el corazón de los hombres fuera débil para que muriesen con la menor alteración del tiempo.
Y sucedió que los primeros hombres empezaron a morir a cientos, a miles, tanto que sus cuerpos formaron las montañas que ahora veis. Los demás dioses no hicieron nada para impedirlo, unos por miedo a Parcos y otros porque se divertían con el sufrimiento de los humanos. Pero Kawa, que tenía buen corazón, no soporto ver el sufrimiento de los humanos, así que utilizó su habilidad para mezclar. Hizo que la luz quemará la tierra y que su vapor se mezclará con el viento, así nació la lluvia, la cual endurecía el suelo y enfriaba el viento para que no fuera violento y se creasen ríos.
Luego cogió lo mejor de cada elemento: de la luz el calor, del aire su capacidad para fluir, de la tierra su espesura y vitalidad. Y con todo ello creo la sangre, la cual introdujo en el corazón de los hombres para que latiera y vivieran mucho más. Por ello nuestra tribu se llama “kawari”, los adoradores de Kawa. Formamos nuestra tribu bajo este lago para recordar que debemos ser como el agua, pacífica, fluir con el viento, arder con la luz, ser valientes como el osado fuego pero al mismo tiempo recordar que somos como los audaces pétalos de la flor del cerezo, dispuestos a morir ante el menor soplo de brisa invernal.
