Aries - Durante esta jornada será necesario que ...

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¡No ignores a tu angel de la guarda!

Esotérismo » ¡No ignores a tu angel de la guarda!

Adela sintió claramente la voz de su abuelo, fallecido pocos días antes, pidiéndole que abandonara aquel sendero boscoso. Pero su falta de decisión y la incredulidad de su enamorado, los pusieron a merced de una bestia.

Por entonces Adela y Ernesto estaban enamorados sin saberlo. Ambos tenían 16 años y aunque estudiaban en escuelas distintas, casi todas las tardes él la esperaba para acompañarla a su casa. Adela vivía cerca de la escuela, pero la calle de acceso a su barrio bordeaba un bosque de pinos con una laguna en el centro.

Aquella tarde lloviznaba un poco. Cuando Ernesto llegó a recogerla, Adela se guarecía bajo el techo de la parada de ómnibus cercana. Desde allí planificaron con entusiasmo ahorrarse el recorrido por la calle y tomar el sendero del bosque de pinos.

Mientras esperaban a que escampara un poco, a Ernesto le llamó la atención un sujeto alto y delgado, de botas amarillas, que iba por la acera de enfrente con una nylon sobre la cabeza, a manera de paraguas. No pudo verle la cara, pero si cómo ladeaba levemente su cabeza hacia ellos cuando pasó, muy lentamente, frente a la parada de ómnibus.

Adela no lo vio, pues estaba de espaldas contando los chismes de su escuela. A Ernesto le pareció un poco extraño aquel sujeto pero rápidamente lo olvidó, asediado por el entusiasmo de la muchacha. En cuanto amainó un poco la llovizna, se dirigieron al sendero del bosque para cortar camino.

El suelo estaba resbaladizo, pero avanzaron hasta la laguna sin mayores problemas. Allí se detuvieron para lanzar algunos cascajos contra el agua, pero la lluvia se hizo de pronto algo más fuerte y se dispusieron a retomar el sendero.

Ernesto, luego de algunos pasos, notó que Adela se había quedado rezagada. Cuando me volvió para mirarla vio que estaba inmóvil y muy pálida, haciéndole señas con una mano para que se acercara.

-Vamos, vamos a regresar de nuevo a la calle, que por aquí no podemos seguir, apúrate…- le dijo en tono de súplica.

Ernesto se echó a reír y le preguntó si acaso era vidente, aunque muy pronto se percató de que la chica estaba muy perturbada y dejó de bromear, aunque finalmente la convenció para que siguieran por el sendero hasta el final. Ella aceptó a regañadientes, mientras juraba que algo le decía que no siguieran por el sendero del bosque.

Ernesto volvió con sus bromas sobre los poderes paranormales mientras caminaron unos metros, tomados de las manos. Pero cuando se percató de que en dirección contraria se acercaba a grandes pasos el hombre de las botas amarillas, quedó petrificado.

Adela se aferró a su brazo y lo haló hacia atrás. Pero el individuo ya estaba tan cerca que Ernesto decidió no darle la espalda, todavía dudando de que fuera a hacerles daño. Cuando estuvo a un par de metros, el extraño se abalanzó sobre el joven con el puño en alto.

Aunque con un rápido movimiento defensivo Ernesto pudo evitar que lo golpeara, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Desde allí se aferró a una de las piernas del sujeto y le gritó varias veces a Adela que corriera, pero ella solo atinaba a gritar espantada.

El sujeto la emprendió a golpes contra el joven, al punto de dejarlo inconsciente casi enseguida. Le zafó la mandíbula y rompió su tabique, además de partirle las cejas.

Adela fue también salvajemente golpeada y violada, pero nunca perdió el conocimiento. Cuando retomó conciencia, Ernesto apenas pudo escuchar los sollozos de la chica, inerme y ensangrentada sobre el fango. La bestia de las botas amarillas se había esfumado.

Aquella noche, cuando salieron del hospital con sus respectivos padres, Ernesto recordó el presentimiento de Adela en medio del bosque, del que había hecho mofa. No quiso preguntarle nada en aquel momento, pero unas semanas después lo hizo.

-Era mi abuelo, estoy segura -le respondió entre lágrimas- Él había muerto hacía muy poco, pero desde siempre me dijo que sería mi ángel guardián desde el otro mundo. Me habló tan claro aquella tarde, que no sé cómo pude ignorarlo…

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